El puerto – Texturas II
Después de los barcos
El tiempo sobre el metal
Hay lugares que parecen agotarse enseguida. Llegas, haces la fotografía evidente y continúas el camino. Los puertos no funcionan así.
Siempre empiezo mirando los barcos. Es inevitable. Las proas, los cabos, las redes o las grúas reclaman toda la atención. Pero, al cabo de unos minutos, ocurre algo curioso: dejo de ver barcos.
Empiezo a fijarme en la pintura desconchada, en el óxido que dibuja mapas imposibles, en las cadenas desgastadas, en un número pintado a mano hace quién sabe cuántos años. Descubro que el tiempo también deja huellas visibles y que, a veces, resultan más interesantes que aquello sobre lo que descansan.
Quizá por eso vuelvo tantas veces a los puertos. No busco escenas marineras ni grandes paisajes. Busco pequeñas historias escritas sobre el metal.
Algunas fotografías apenas permiten reconocer el objeto original. Ya no importa si es una hélice, una amarra o un casco. La materia termina imponiéndose a la función y el puerto empieza a parecer una colección de abstracciones construidas con sal, pintura y óxido.
Supongo que esa es la razón por la que llamé a esta serie Texturas, porque, al final, el puerto acabó desapareciendo.












